Lo único que logro percibir es el frío… Una gélida garra me apresa y hace que mis latidos se sientan cada vez más pesados; el frío consume lentamente todo mi ser y nubla mi entendimiento, mis emociones… mi razón. El frío hace que la saliva se sienta como nieve seca imposible de tragar, mucho menos articular palabra; nunca fui muy dado a conversar, pero ahora me es imposible. Mis pulmones inservibles no quieren trabajar más… Frío… solo reconozco el frío porque no es lo habitual.
…
Siempre estuve acostumbrado a la oscuridad; mi vida
transcurría en penumbras que se desvanecían en tramos irregulares, pero que
inevitablemente se extendían a donde quiera que mirase. La oscuridad no era
absoluta, veía y sentía todo a mi alrededor para vivir, pero la opresiva
penumbra no nos permitía soñar con lo que no estaba cerca. Estaba acostumbrado
a la inmediatez y esa era la vida que conocía, al menos hasta hace unos meses.
...
En mi opaca realidad todo transcurría como debía
transcurrir, la vida seguía su curso y el brillo de cada logro no hacía más que
permitirme avanzar un poco más; cada sonrisa, cada momento de orgullo iluminaba
un poco en derredor, pero en esos momentos las sombras se hacían más largas y
la obscuridad se sentía más pesada cuando desaparecía el brillo, cuando el frío
se insinuaba y sin embargo nunca llegaba; aprendí a temer más a este fenómeno
que a la oscuridad misma. Disipar las tinieblas era necesario, pero no por eso
algo placentero.
...
Así había vivido hasta que llegó; trajo consigo una luz
radiante y cálida, una luz que no se disipaba y que por el contrario invitaba a
acercarse… Su fulgor era deslumbrante, pero su calor reconfortante; lo primero
que se me ocurrió en su momento fue destruirle: lo desconocido era demasiado
impredecible para ser aceptado… Pero mientras más estuvo su luz conmigo, más
difícil era desear no estar con ella. Las penumbras eran disueltas revelando
escalofriantes formas que no había percibido antes, pero la calidez invitaba a
hacerles frente. Al menos creo que era así…
…
Y sin embargo, él decidió partir con su luz; todo el calor
se fue y, lejos de permitirme regresar a la tan anhelada normalidad, el vacío
que dejó su ausencia era lo único que podía sentir ahora: frío…. Un agujero
helado en mi pecho.
Un frío inmisericorde que no acababa conmigo, una gélida
mordida que me recordaba que seguía existiendo, que seguía existiendo sin él.
Frío … helado pesar que congelaba mis palabras, que
extinguió cualquier oportunidad que tuve para rogar que no se fuera. Frío… lo
único que recuerdo ahora es que sin su luz y calor solo queda la soledad.
Frío… en la absoluta quietud de esta helada, ruego
por un final, pero mientras el tiempo pasa lento desde la agonía encuentro luz…
una luz propia que me ayuda a entender que para sentir la mordida del hielo
hace falta estar vivo. Es mi propia sangre, aún tibia, la que resiste. Sin su
luz y su calor el entorno se ha vuelto hostil, pero el dolor ya no me paraliza;
ahora es el faro ciego que me obliga a dar el primer paso. Entre la nieve,
empiezo a avanzar… avanzo lentamente hacía el frío.
… Lo único que recuerdo ahora es el frío …